Directores y robots, cómo tomar decisiones

A menudo, los directores de una empresa se preguntan sobre si su aproximación a los negocios sigue siendo válida en un contexto de digitalización en innovación. Para saberlo, un buen ejercicio, aparentemente sencillo: construir un robot.

El punto de partida es un kit de iniciación a la robótica que contiene todas las piezas para construir un robot. Todos los componentes están sin montar, y los directores disponen de un tiempo limitado para armar el robot, programarlo y explorar su funcionamiento.

Orientados a la acción

El comportamiento en la mayoría de los directores es el que podemos denominar como “orientado a la acción”. Se lanzan directamente al montaje, intentando averiguar la funcionalidad de cada una de las piezas y la forma adecuada de combinarlas.

Este proceso de exploración suele ser largo: faltan o sobran componentes, hay piezas que no encajan y hay que deshacer y volver a montar. Nada de ello desanima a los participantes que van aprendiendo progresivamente. Tras unos veinte minutos logran colocar correctamente las piezas. El robot ya tiene forma.

Pese a este logro, todavía queda pendiente el cableado de los distintos componentes. De cada pequeño motor del robot, sale un cable que debe ser conectado a un cuadro de conectores situado en el cuerpo central. Todos los cables son iguales, no hay instrucciones y cada conector sólo está identificado por una letra y un número: A1,A2,…,  hasta C4.

Los directores redoblan esfuerzos y optan por probar las soluciones más lógicas: los conectores A corresponden a la cabeza y cuello, los B a los brazos, los C a las piernas. Una lógica aparentemente impecable que, al prender al robot, se demuestra que no es correcta.

A partir de ahí comienza de nuevo el proceso, de prueba y error. Tras unos 15 minutos adicionales el robot ya es funcional. Tiempo total: 35 minutos. Resultados: un robot funcional y cinco miembros de directorio satisfechos.

Orientados a la integración

De vez en cuando, otro comportamiento emerge, al que he denominado “orientado a la integración”. En este caso, mientras sus compañeros inician el montaje del robot, uno de los miembros del equipo tiende a separarse. Tras unos segundos de duda, toma su celular y comienza a buscar videos explicativos sobre como montar y configurar el robot.

Tomando como criterio de búsqueda el nombre comercial del kit, en apenas un minuto es capaz de localizar al menos media docena de videos que de forma detallada exponen como culminar con éxito la tarea encomendada. Dos minutos más tarde, el resto de compañeros sigue las instrucciones y en apenas cinco minutos más, el robot está operativo. Tiempo total: 8 minutos. Resultados: un robot funcional y cinco miembros de directorio satisfechos.

Tomar una decisión

Estos dos comportamientos ilustran la forma en la cual los directivos abordan su función principal: la construcción de un portafolio de modelos de negocio. La aproximación más común implica que la organización dispone de las capacidades precisas para el éxito.

A ello debemos añadir que estas capacidades deben ser ajustadas de forma dinámica mediante un proceso de aprendizaje basado en la prueba y error. En otras palabras, este es el procedimiento natural para construir relaciones en la organización; que implican proveedores, socios de negocio, o las distintas unidades dentro de la empresa.

La aproximación minoritaria es radicalmente distinta. De hecho, es mucho más eficiente explorar en primer lugar los modelos de negocio existentes y si son los adecuados proceder a su imitación o incorporación al portafolio de modelos existentes.

En palabras de uno de estos miembros youtuber: “para que reinventar la rueda y ya podemos acceder a las instrucciones”.

Una estrategia desde dos ángulos

Una doble aproximación tiene profundas repercusiones estratégicas. Los directores que prefieren la segunda opción tenderán a explorar modelos de negocio existentes fuera de la organización, a integrarlos de forma rápida mediante diversos modelos de asociación que pueden ir desde la adquisición hasta la participación en ecosistemas de emprendimiento o el uso de plataformas.

Por el contrario, los directores procliv

es a la primera opción impulsaran la construcción de modelos de negocio propios basados en capacidades ya existentes.

¿Cuál de estas dos modalidades es mejor? La respuesta es que ambas; sin embargo, elegir depende de la volatilidad de su actividad. En otras palabras, la diversidad debe verse reflejada en los modelos de negocio. Y todo ello, con una interpelación personal: ¿Qué habrías hecho para armar robot?

Olvide lo digital, demos la bienvenida a lo híbrido

El futuro es digital. Sin duda, esta sea la frase más repetida en conferencias, presentaciones y aulas en los últimos cinco años.

A su favor, encontramos algunos hechos que todos entendemos como incuestionables: hemos digitalizado la fotografía y las cartas; las compras y las transacciones financieras; así como la reputación de hoteles y restaurantes. Y pese a esta repetición recurrente, y a todos estos hechos, quizás la afirmación de un ineludible futuro digital es falsa.

Qué está pasando
Afirmaba el filósofo Alfred North Withehead que: “No hay verdades completas; todas las verdades son medias verdades, pero el diablo juega a hacerlas pasar como verdades completas”. En nuestro caso, la verdad del futuro digital oculta una paradoja donde se mezclan tanto verdades como mentiras incompletas sazonadas por el factor tiempo.

Comenzamos por las verdades incompletas. La verdad es que en los último 20 años hemos asistido a la digitalización imparable de todo aquello que puede ser reducido a bits o información. Hemos digitalizado imágenes, textos, sonidos, videos, identidades y reputaciones, recuerdos e identidades. Un fenómeno al que hemos denominado, la digitalización de los contenidos.

La paradoja
Sin embargo, digitalizar un contenido no implica el éxito de su versión digital sobre su antecesor analógico. Para que ello suceda debe darse una condición necesaria, aunque no suficiente: la digitalización del dispositivo.

Un ejemplo es el libro. En un principio, a mediados de los noventa, estuvieron disponibles libros digitalizados en formato PDF. En otras palabras, el contenido había sido digitalizado.

No obstante, el dispositivo de lectura: el ordenador, no estaba a la altura. Invito al lector a imaginar, o tal vez probar, la experiencia de lectura de un libro digitalizado en PDF haciendo uso de un laptop. Sin duda, la experiencia de lectura en la cama, o en la playa, es “algo menos” confortable que la lectura de en los mismos lugares de un libro tradicional en papel. Claramente en ambos casos, el dispositivo digital queda muy por debajo del dispositivo analógico.

La otra verdad
El triunfo de lo digital ocurre en el instante en que el dispositivo digital supera en prestaciones al analógico. En el momento en que la cámara digital o la de nuestro celular vuelve incomoda, costosa y obsoleta a la cámara de película. Sin embargo, el triunfo puede que no sea ni definitivo ni completo. Sigamos con el ejemplo del libro.

Tras descartar la experiencia del libro digitalizado sobre un laptop, abordemos la experiencia de lectura sobre un e-reader o una tableta digital. Sin duda, esta es mucho más cómoda y con ventajas evidentes. Ante ello, nuestro gurús digitales no tardaron en afirmar: el libro físico ha muerto, larga vida al libro digital. No en vano, lo mismo había sucedido con cámaras de video, casetes musicales y máquinas de fax.

La sorpresa surgió en el mercado más digital del mundo: los Estados Unidos, cuna del Kindle, el Nook, y el iPod. Tras varios años de subida ininterrumpida las ventas de libros digitales no solo se estancan, sino que se reducen ligeramente.

A la sorpresa se le une el asombro cuando se bucea en los datos: el segmento de población que muestra un mayor entusiasmo por el libro en papel son los adolescentes, una generación de nativos digitales. Y los usuarios más intensivos del libro electrónicos son los abuelos justificando esta decisión en problemas visuales.

Qué sucede
¿Cuál es la razón de este comportamiento tan poco ortodoxo a juicio de nuestros profetas digitales? Pues sin duda, la complejidad de la naturaleza humana donde convive lo racional y lo emocional, lo individual y lo colectivo, lo que mira al pasado y lo que mira al futuro.

Un ejemplo está en una tribu urbana muy interesante: la hípster. Los miembros de este grupo son usuarios intensivos de su celular, de hecho, en ocasiones tienen a gala el uso de aplicaciones como Telegram, menos populares que competidores como WhatsApp.

A la vez han resucitado a las barbershop como punto de encuentro. Por otro lado, nadie discute su amor por la música, mientras se desplazan hace uso de música en streaming via Spotify, pero en su hogar, demuestran su querencia por los viejos discos de vinilo. Un soporte que todos daban por muerto, y que ha recuperado los niveles de venta de 1990.

Retornos y olvidos
Otros ejemplos ilustran esta respuesta compleja, vuelven las cámaras fotográficas de revelado instantáneo herederas de la vieja Polariod, los periódicos más prestigiosos ven como sus tiradas en papel se estabilizan y que incluso aparece un fenómeno que nadie podría prever: el cansancio digital.

Todo ello apunta en una dirección sorprendente: el futuro no es digital, el futuro es híbrido. Una hibridación en la que veremos combinarse de formas cada vez más ricas y complejas lo digital y lo físico.

Y en donde las empresas que sean capaces de entender esas formas de mezclar serán las ganadoras. Y los jugadores digitales, no serán siempre, los que mejor entiendan esta realidad. Pero eso ya es otra historia que podemos contar otro día.